DOCTRINA DE LOS ACONTECIMIENTOS

[Creecias 24-28]

FINALES

 

 C

 RISTO,

SU MINISTERIO

EN EL SANTUARIO CELESTIAL 

HA LLEGADO LA HORA DEL SACRIFICIO DE LA TARDE.

 

El sacerdote que oficia en el atrio del Templo de Jerusalén se halla listo para ofrecer un cordero como sacrificio. Cuando levanta el cuchillo para matar la víctima, la tierra se estremece. Aterrado, deja caer el cuchillo y el cordero escapa. Por sobre el fragor del terremoto se oye un ruido desgarrador, cuando una mano invisible rasga el velo del templo de arriba abajo.

 

En el otro extremo de la ciudad, negras nubes envuelven una cruz. Cuando Jesús, el Cordero pascual de Dios, exclama: “¡Consumado es!”, muere por los pecados del mundo. El tipo se ha encontrado con el antitipo. Ha ocurrido el preciso acontecimiento al que señalaban los servicios del templo a lo largo de los siglos. El Salvador ha completado su sacrificio expiatorio, y por cuanto el símbolo se ha encontrado con la realidad, los ritos que anticipaban ese sacrificio han sido suplantados. Ésa es la razón del velo rasgado, el cuchillo caído y el cordero que se fuga.

 

Sin embargo, la historia de la salvación abarca más que eso. Llega más allá de la cruz. La resurrección y ascensión de Jesús dirige nuestra atención hacia el Santuario celestial, en el cual Cristo ya no es el Cordero sino que ministra como sacerdote. Habiéndose ofrecido en sacrificio una vez y para siempre (Heb. 9:28), ahora pone los beneficios de este sacrificio expiatorio a disposición de todos.

Hay un santuario en el cielo, el verdadero tabernáculo que el Señor erigió y no el hombre. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofrecido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En 1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un juicio investigador, que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la purificación del antiguo santuario hebreo en el Día de la Expiación. En el servicio simbólico, el santuario se purificaba mediante la sangre de los sacrificios de animales, pero las cosas celestiales se purifican mediante el perfecto sacrificio de la sangre de Jesús. El juicio investigador revela a las inteligencias celestiales quiénes de entre los muertos duermen en Cristo, siendo, por lo tanto, considerados dignos, en él, de participaren la primera resurrección. También toma de manifiesto quién, de entre los vivos, permanece en Cristo, guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, estando, por lo tanto, en él, preparado para ser trasladado a su reino eterno. Este juicio vindica la justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que permanecieron leales a Dios recibirán el reino. La conclusión de este ministerio de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos antes de su segunda venida.

 

(Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16,17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6;

Lev. 16; Apoc. 14:6, 7; 20:12; 14:12; 22:12)

 

 C

 RISTO,

 SU SEGUNDA VENIDA

“MAMI -DIJO UNA NIÑITA AL ACOSTARSE-, extraño tanto a mi amigo Jesús. ¿Cuándo va a volver?”

 

Esa niña no se imaginaba que el deseo de su corazón expresaba el anhelo de la humanidad a través de todas las edades. Las palabras finales de la Biblia nos dan la promesa de un pronto regreso: “Ciertamente vengo en breve”. Y Juan el revelador, el compañero fiel de Jesús, añade: “Amén; sí ven, Señor Jesús” (Apoc. 22:20).

 

¡Ver a Jesús! ¡Unirnos para siempre con él, que nos ama mucho más de lo que podemos imaginar! ¡Poner fin a todos los sufrimientos terrenales! ¡Disfrutar de la eternidad con nuestros amados resucitados que ahora descansan! No es de extrañar, entonces, que sus amigos lo hayan esperado desde su ascensión hasta el día de hoy.

 

Un día Cristo volverá, aunque aun para los santos su venida será una maravillosa sorpresa, pues todos se han dormido por la demora (Mat. 25:5). A “media noche”, en la hora más oscura de la historia, Dios manifestará su poder para liberar a su pueblo. La Escritura describe los sucesos: “Salió una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está”. Esta voz hace estremecer la tierra, causando “un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apoc. 16:17, 18). Las montañas tiemblan, las rocas se derrumban esparciéndose por dondequiera, y la tierra entera se sacude como las olas del océano. La superficie se abre “y las naciones cayeron... Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados” (vers. 19,20). “Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar” (Apoc. 6:14).

 

A pesar del caos que descenderá sobre el mundo físico, el pueblo de Dios no temerá al ver “la señal del Hijo del Hombre” (Mat. 24:30). Cuando descienda de las nubes de los cielos, todo ojo verá al Príncipe de vida. Viene, esta vez, no como Varón de dolores, sino como un conquistador victorioso a reclamar lo suyo. En lugar de la corona de espinas, llevará la corona de gloria, “y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Apoc. 19:12,16).

 

A su venida, una gran desesperación se apoderará de los que no aceptaron a Jesús como su Salvador y Señor, y rechazaron su ley en sus corazones. Nada hace a los que rechazaron su gracia darse más cuenta de su culpabilidad que la suplicante y paciente voz que les rogaba: “Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis?” (Eze. 33:11). “Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apoc. 6:15-17).

 

Pero el gozo de los que por mucho tiempo lo han esperado, es muy superior a la desesperación de los malos. La venida del Redentor lleva la historia del pueblo de Dios a su glorioso final; es el momento de su liberación. Inundados de emoción le adoran diciendo: “He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isa. 25:9).

 

Mientras Jesús se acerca, llama a los santos que duermen en sus tumbas y envía a sus ángeles para que junten a “sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat. 24:31). Por todo el mundo los muertos justos oirán su voz y se levantarán de sus tumbas: ¡qué momento de gozo!

 

Luego los justos vivos son transformados “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos” (1 Cor. 15:52). Glorificados y habiendo recibido inmortalidad, son arrebatados junto con los santos

 

La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando el Señor regrese, los justos muertos resucitarán y, junto con los justos que estén vivos, serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán. El hecho de que la mayor parte de las profecías esté alcanzando su pleno cumplimiento, unido a las actuales condiciones del mundo, nos indica que la venida de Cristo es inminente. El momento cuando ocurrirá este acontecimiento no ha sido revelado, y por lo tanto se nos exhorta a estar preparados en todo tiempo.

 

(Tito 2:13; Heb. 9:28; Juan 14:1-3; Hech. 1:9-11; Mat. 24:14; Apoc. 1:7; Mat. 24:43, 44; 1 Tes. 4:13-18:1

Cor. 15:51-54; 2 Tes. 1:7-10; 2:8; Apoc. 14:14-20; 19:11-21; Mat. 24; Mar. 13;Luc. 21;2Tim. 3:1-5:1 Tes. 5:1-6)

 

 L   M

 A

UERTE

& LA RESURRECCiÓN

EL EJÉRCITO FILISTEO SE DIRIGIÓ a Sunem, estableció su campamento y se preparó para atacar a Israel.

 

La estrategia poco optimista del rey Saúl colocó al ejército de Israel en el cercano monte de Gilboa. En el pasado, la seguridad que Saúl tenía de la presencia de Dios lo capacitó para guiar a Israel sin temor alguno contra sus enemigos. Pero había dejado de servir al Señor, y cuando el apóstata rey trató de comunicarse con Dios acerca de la batalla que se acercaba, Dios rehusó comunicarse con él.

 

El temor al futuro incierto y sombrío pesaba grandemente sobre Saúl. Si tan solo Samuel estuviera allí... Pero Samuel había muerto y ya no podía contar más con él. ¿O quizás podría?

 

Saúl localizó a una médium que había escapado de la persecución que él había ordenado contra todos los brujos, la visitó y quiso saber por su medio cuáles serían los resultados de la batalla del día siguiente. Primero le pidió que trajera a Samuel ante su presencia. Durante el trance, la médium “vio un espíritu ascender de la tierra”. Este espíritu informó al ansioso rey que Israel no solo perdería la guerra, sino que él y sus hijos morirían (ver 1 Sam. 28).

 

La predicción se cumplió. Pero ¿era realmente el espíritu de Samuel el que hizo la predicción? ¿Cómo podría un médium, condenado por Dios, tener poder sobre el espíritu de Samuel, el profeta de Dios? Y, ¿de dónde vino Samuel? Si no fue el espíritu de Samuel el que habló a Saúl, ¿quién era? Veamos lo que la Biblia enseña en cuanto a la muerte, la comunicación con los muertos y la resurrección.

La paga del pecado es la muerte. Pero Dios, el único que es inmortal, otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un estado de inconsciencia para todos los que han fallecido. Cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán glorificados, todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil años después.

 

(Rom. 6:23:1 Tim. 6:15,16; Ecl. 9:5, 6: Sal. 146:3, 4; Juan 11:11- 14; Col. 3:4; 1 Cor. 15:51-54; 1 Tes. 4:13-17; Juan 5:28,29; Apoc. 20:1-10)

 

 E   M

 L

ILENIO

& EL FIN DEL PECADO

A TRAVÉS DE TODA LA HISTORIA HA HABIDO quienes han refinado con elocuencia los horrores del infierno, atemorizando a la gente para persuadirlos a adorar a Dios.

 

Pero ¿qué clase de dios es el que presentan? ¿Cómo destruirá finalmente Dios el mal? ¿Qué le sucederá a Satanás? ¿Qué impedirá que el pecado levante su horrible cabeza una vez más? ¿Cómo puede un Dios justo ser también amoroso?

El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cielo, que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese tiempo serán juzgados los impíos; la tierra estará completamente desolada, sin habitantes humanos con vida, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles. Al terminar ese período, Cristo y sus santos y la Santa Ciudad, descenderán del Cielo a la Tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces y, junto con Satanás y sus ángeles, rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá y purificará la Tierra. De ese modo el universo será librado del pecado y de los pecadores para siempre.

 

(Apoc. 20; 1 Cor. 6:2,3: Jer. 4:23-26; Apoc. 21:1-5; Mal. 4:1; Eze. 28:18,19)

 

 L   T        N

 A

IERRA

UEVA

DESPUÉS DE UN ESPELUZNANTE ENCUENTRO con la muerte, un niño dijo aliviado: “Mi hogar está en el cielo, pero no siento nostalgia”.

 

Como él, muchos creen que al morir, el cielo es una alternativa preferible al “otro lugar”, pero que esta pobre alternativa ocupa un lugar secundario frente a la realidad y el estímulo de la vida actual en este mundo. Si las vislumbres que muchos tienen en cuanto al futuro fueran verdad, este sentimiento sería justificable. Pero según las descripciones y alusiones que la Escritura provee, lo que Dios está preparando para que los redimidos disfruten sobrepasa de tal modo la vida que vivimos ahora, que pocos vacilarían en depreciar este mundo por el nuevo.

 

Los primeros dos capítulos de la Biblia cuentan la historia de la creación, cómo Dios hizo un mundo perfecto que sirviera de hogar para los seres humanos que él creó. Los últimos dos capítulos de la Biblia también dicen que Dios creará un mundo perfecto para la humanidad: pero esta vez se trata de una re-creación, una restauración de la tierra para borrar de ella los desastres que el pecado trajo. 

 

Vez tras vez la Biblia declara que este hogar eterno de los redimidos será un lugar real, una localidad que personas reales, con cuerpos y cerebros que pueden ver, oír, tocar, gustar, oler, medir, dibujar, probar y experimentar plenamente. Es en la Tierra Nueva donde Dios localizará este cielo real.

 

La segunda carta de Pedro presenta en forma breve el fondo bíblico de este concepto. Pedro habla del mundo antediluviano como “un mundo de entonces" que fue destruido por agua. El segundo mundo es “la tierra que ahora existe”, un mundo que será purificado por fuego para dar lugar al tercer mundo, una “tierra nueva, en la cual reina la justicia” (vers. 6, 7, 13). El “tercer” mundo será tan real como los dos primeros.

 

El término “tierra nueva” expresa tanto continuación como diferencia de la tierra presente. Pedro y Juan vieron la antigua tierra purificada de toda contaminación por fuego y luego renovada (2 Pedro 3:10-13; Apoc. 21:1). La Tierra Nueva es, entonces, ante todo esta tierra, no otro lugar desconocido. Aunque esté renovada, nos parecerá familiar, conocida: nuestro hogar. ¡Eso está muy bueno! Sin embargo, es nueva en el sentido que Dios quitará de ella toda contaminación que el pecado causó.

En la Tierra Nueva, en que habita la justicia, Dios proporcionará un hogar eterno para los redimidos y un ambiente perfecto para la vida, el amor, el gozo y el aprendizaje eternos en su presencia. Porque allí Dios mismo morará con su pueblo, y el sufrimiento y la muerte terminarán para siempre. El gran conflicto habrá terminado y el pecado no existirá más. Todas las cosas, animadas e inanimadas, declararán que Dios es amor; y él reinará para siempre jamás. Amén.

 

(2 Ped. 3:13; Isa. 35; 65:17-25; Mat. 5:5; Apoc. 21:1-7; 22:1-5; 11:5)

Dirección

Julio Andino 501
Villa Prades, San Juan, Puerto Rico, 00924

Teléfono

(787) 758-8282

Horario

© 2020 Asociación Puertorriqueña de los Adventistas del Séptimo Día 

adventistaspr.org web oficial de la Asociación Puertorriqueña del Este 

adventist-symbol--white.png
adventist-symbol--white.png

Lun - Jue   8:00 am - 4:00 pm

Vie   8:00 am - 2:00 pm