DOCTRINA DE LA

HUMANIDAD

[Creecias 6-7]

 

 L    C

 A

 REACIÓN

EL RELATO BÍBLICO ES SENCILLO.

 

Ante el mandato creativo de Dios, “los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay” (Éxo. 20:11) aparecieron en forma instantánea. En solo seis días, la tierra fue transformada de “desordenada y vacía” hasta llegar a ser un verdeante planeta rebosante de criaturas y plantas completamente desarrolladas. Nuestro mundo estaba adornado de colores claros, puros y brillantes, y de encantadoras formas y fragancias, combinadas con un gusto exquisito. Todo mostraba exactitud en sus detalles y funciones.

 

Luego, Dios “reposó”, deteniéndose para celebrar su obra y gozar de ella. Para siempre, la belleza y majestad de esos seis días sería recordada debido a que él se detuvo. Dediquemos una rápida mirada al comienzo de todo.

 

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. La tierra estaba envuelta en agua y oscuridad. En el primer día, Dios separó la luz de la oscuridad, llamando a la parte luminosa “día” y a la oscuridad “noche”.

 

En el segundo día, Dios “separó las aguas”, haciendo división entre la atmósfera y el agua que estaba sobre la superficie de la tierra, produciendo así condiciones apropiadas para la vida.

 

El tercer día, Dios juntó las aguas en un lugar, estableciendo así la tierra seca y el mar. Luego Dios vistió de verdor las costas, colinas y valles desnudos. “Produjo pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género" (Gén. 1:12).

 

El cuarto día, Dios estableció el sol, la luna y las estrellas para que sirvieran “de señales para las estaciones, para días y años”. El sol debía gobernar durante el día, y la luna durante la noche (Gén. 1:14-16).

 

Dios creó a las aves y los peces en el quinto día. Los creó “según su especie” (Gén. 1:21), lo cual indica que sus criaturas habían de reproducirse en forma consecuente según sus propias especies.

 

El sexto día, Dios hizo las formas superiores de la vida animal. Dijo: “Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie” (Gén. 1:24).

 

Luego, en el acto cumbre de la creación, Dios hizo al hombre “a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Gén. 1:27). “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31).

Dios es el Creador de todas las cosas, y reveló en las Escrituras el relato auténtico de su actividad creadora. El Señor hizo en seis días “los cielos y la tierra”y todo ser viviente que la habita, y reposó en el séptimo día de esa primera semana. De ese modo estableció el sábado como un monumento perpetuo conmemorativo de la terminación de su obra creadora. Hizo al primer hombre y la primera mujer a su imagen como corona de la creación, y les dio dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidar de él. Cuando el mundo quedó terminado era “bueno en gran manera”, proclamando la gloria de Dios.

 

(Gén. 1; 2; Éxo. 20:8-11; Sal. 19:1-6; 33:6, 9; 104; Heb. 11:3)

 

 L  N             H

 A

ATURALEZA

UMANA

“ENTONCES DIJO DIOS: HAGAMOS AL HOMBRE a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”.

 

Al realizar la obra culminante de su creación, Dios no recurrió al poder de su palabra. En vez de ello, se inclinó en un gesto de amor para formar a esa nueva criatura a partir del polvo de la tierra.

 

El escultor más creativo del mundo nunca podría producir un ser tan noble como el que Dios formó. Quizás un Miguel Ángel podría darle forma a un exterior exaltado, pero ¿qué de la anatomía y la fisiología cuidadosamente diseñadas para función y para belleza?

 

La perfecta escultura yacía completa, con cada cabello, pestaña y uña en su lugar, pero Dios aún no había terminado. Este hombre no estaba destinado a permanecer inmóvil, llenándose de polvo, sino a vivir, a pensar, a crear y a crecer en gloria.

 

Inclinándose sobre esa magnífica forma, el Creador “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7; ver 1:26). Dios, que conocía la necesidad que el hombre tendría de compañía, le preparó “ayuda idónea”. Dios hizo caer sobre Adán un “sueño profundo”, y mientras este dormía, extrajo una de sus costillas y la transformó en una mujer (Gén. 2:18,21, 22). “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Luego Dios los bendijo, y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. Adán y Eva recibieron un hogar-jardín más espléndido que la más fina mansión del mundo. Había árboles, viñas, flores, colinas y valles, todo adornado por el mismo Señor. También había en el jardín dos árboles especiales, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios le concedió a la primera pareja permiso para comer libremente de todo árbol, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gén. 2:8,9,17).

 

Así se cumplió el acontecimiento culminante de la semana de la creación. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31)

Dios hizo al hombre y la mujer a su imagen, con individualidad propia, y con la facultad y la libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu, que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios. La imagen de Dios en ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan de esta naturaleza caída y de sus consecuencias. Nacen con debilidades y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo y, por medio de su Espíritu Santo, restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para la gloria de Dios, se los llama a amarlo a él y a amarse mutuamente, y a cuidar del ambiente que los rodea.

 

(Gén. 1:26- 28; 2:7; Sal. 8:4-8; Hech. 17:24-28; Gén. 3; Sal. 51:5; Rom. 5:12-17; 2 Cor. 5:19,20; Sal. 51:10;

1 Juan 4:7,8,11,20; Gén. 2:15)

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