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- Creencia #7 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Humanidad Como creación suprema de Dios, la humanidad fue hecha a imagen y semejanza. Ante el engaño del enemigo, la humanidad se corrompió y fue destituida de la gloria de Dios. El amor por el ser humano y su valor para Dios es tanto que se pone en curso un plan para el rescate y restauración de la relación fracturada. 7. LA NATURALEZA HUMANA: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. Al realizar la obra culminante de su creación, Dios no recurrió al poder de su palabra. En vez de ello, se inclinó en un gesto de amor para formar a esa nueva criatura a partir del polvo de la tierra. El escultor más creativo del mundo nunca podría producir un ser tan noble como el que Dios formó. Quizás un Miguel Ángel podría darle forma a un exterior exaltado, pero ¿qué de la anatomía y la fisiología cuidadosamente diseñadas para función y para belleza? La perfecta escultura yacía completa, con cada cabello, pestaña y uña en su lugar, pero Dios aún no había terminado. Este hombre no estaba destinado a permanecer inmóvil, llenándose de polvo, sino a vivir, a pensar, a crear y a crecer en gloria. Inclinándose sobre esa magnífica forma, el Creador “sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Gén. 2:7; ver 1:26). Dios, que conocía la necesidad que el hombre tendría de compañía, le preparó “ayuda idónea”. Dios hizo caer sobre Adán un “sueño profundo”, y mientras este dormía, extrajo una de sus costillas y la transformó en una mujer (Gén. 2:18,21, 22). “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Luego Dios los bendijo, y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra”. Adán y Eva recibieron un hogar-jardín más espléndido que la más fina mansión del mundo. Había árboles, viñas, flores, colinas y valles, todo adornado por el mismo Señor. También había en el jardín dos árboles especiales, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal. Dios le concedió a la primera pareja permiso para comer libremente de todo árbol, excepto del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gén. 2:8,9,17). Así se cumplió el acontecimiento culminante de la semana de la creación. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Gén. 1:31) Dios hizo al hombre y la mujer a su imagen, con individualidad propia, y con la facultad y la libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu, que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios. La imagen de Dios en ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus descendientes participan de esta naturaleza caída y de sus consecuencias. Nacen con debilidades y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo, reconcilió al mundo consigo mismo y, por medio de su Espíritu Santo, restaura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para la gloria de Dios, se los llama a amarlo a él y a amarse mutuamente, y a cuidar del ambiente que los rodea. (Gén. 1:26- 28; 2:7; Sal. 8:4-8; Hech. 17:24-28; Gén. 3; Sal. 51:5; Rom. 5:12-17; 2 Cor. 5:19,20; Sal. 51:10; 1 Juan 4:7,8,11,20; Gén. 2:15) Previo Siguiente
- Church Municipalities | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
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- Creencia #15 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Iglesia La iglesia es la familia de Dios; adoptada por Él como hijos, y sus miembros viven sobre la base de un pacto de amor. Como comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza, todos reciben cualidades especiales para contribuir en compartir el amor de Dios y fortalecerse unos a otros. Dios busca que sus seguidores sean una extensión de su carácter de amor en favor de la humanidad. 15. EL BAUTISMO: Nyangwira, una creyente que vivía en Africa central, no consideraba que el bautismo fuese simplemente una opción. Durante más de un año había estado estudiando atentamente la Biblia. Anhelaba llegar a ser cristiana. Una tarde compartió con su esposo lo que había aprendido. Muy ofendido, el hombre dijo a gritos: “¡No quiero que en mi hogar haya esta clase de religión, y si sigues estudiando te mataré!” A pesar de esta reacción aplastante, Nyangwira continuó estudiando y pronto estuvo lista para el bautismo. Antes de salir al servicio bautismal, Nyangwira se arrodilló respetuosamente ante su esposo y le dijo que iba a ser bautizada. El hombre tomó su gran cuchillo de caza y vociferó: “¡Te dije que no quiero que te bautices! ¡El día que lo hagas, te mataré! Pero Nyangwira, determinada a seguir a su Señor, salió con las amenazas de su esposo resonando todavía en sus oídos. Antes de entrar en el agua, confesó sus pecados y dedicó su vida a su Salvador, sin saber si ese mismo día le tocaría también entregar su vida por el Señor. La paz llenó su corazón durante su bautismo. Cuando volvió al hogar, tomó el cuchillo de caza y se lo llevó a su esposo. —¿Has sido bautizada? —preguntó este, airado. —Sí —replicó simplemente Nyangwira. —Aquí está el cuchillo. —¿Estás lista para recibir la muerte? —Sí, lo estoy. Asombrado ante el valor de Nyangwira, el esposo dejó de sentir el deseo de matarla. ¿Cuán importante es el bautismo? ¿Vale la pena arriesgar la vida por bautizarse? ¿Es cierto que Dios requiere el bautismo? ¿Depende la salvación de si somos o no bautizados? Por medio del bautismo confesamos nuestra fe en la muerte y resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida. De este modo reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestro recibimiento del Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua, y depende de una afirmación de fe en Jesús y de la evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñanzas. (Rom. 6:1-6; Col. 2:1 2 ,1 3 ; Hech. 16:30-33; 22:16; 2:38; Mat. 28:19-20) Previo Siguiente
- Creencia #19 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Vida Cristiana Dios en la figura de Jesús vivo una vida humana en su máxima expresión de santidad. En ese sentido Jesús es nuestro ejemplo. Creemos en un cristianismo holístico, que impacta todas las áreas de la vida. Por tal razón, aspiramos a que nuestras vidas sean de inspiración para quienes nos rodean, por ser positivas y equilibradas, cuidando nuestro cuerpo, refinando la mente y el espíritu. 19. LA LEY DE DIOS: TODAS LAS MIRADAS ESTABAN FIJAS EN LA MONTAÑA. La cumbre se hallaba cubierta de una espesa nube que se hacía cada vez más oscura, y se extendía hacia abajo hasta que todo el monte estuvo velado en el misterio. En la oscuridad brillaban los relámpagos, mientras que el trueno retumbaba una y otra vez. “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego, y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo” (Éxo. 19:18, 19). Tan poderosa era esta majestuosa revelación de la presencia de Dios, que todo Israel temblaba. De pronto cesaron los truenos y el sonido de la trompeta, y el silencio se hizo pavoroso. Entonces Dios habló desde la espesa oscuridad que velaba su presencia en la cumbre de la montaña. Movido por un profundo amor hacia su pueblo, proclamó los Diez Mandamientos. Dijo Moisés: “Jehová vino del Sinaí... de entre diez millares se santos, con la ley de fuego a su mano derecha. Aún amó a su pueblo; todos los consagrados a él estaban en su mano; por tanto, ellos siguieron en tus pasos, recibiendo dirección de ti” (Deut. 33:2, 3). Cuando Dios dio la ley en el Sinaí, no solo se reveló a sí mismo como la majestuosa autoridad suprema del universo. También se describió como el Redentor de su pueblo (Éxo. 20:2). Porque es el Salvador, llamó no solo a Israel sino a toda la humanidad (Ecle. 12:13) a obedecer diez breves, abarcantes y autoritativos preceptos que cubren los deberes de los seres humanos para con Dios y para con sus semejantes. Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos. No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano. Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó. Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da. No matarás. No cometerás adulterio. No hurtarás. No hablarás contra tu prójimo falso testimonio. No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo” (Éxo. 20:3-17). Como un reflejo del carácter de Dios, la ley de los Diez Mandamientos es moral, espiritual y abarcante; contiene principios universales. Los grandes principios de la ley de Dios están incorporados en los Diez Mandamientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la voluntad y el propósito de Dios con respecto a la conducta y a las relaciones humanas, y son obligatorios para todas las personas en todas las épocas. Estos preceptos constituyen la base del pacto de Dios con su pueblo y son la norma del juicio divino. Por medio de la obra del Espíritu Santo, señalan el pecado y despiertan el sentido de la necesidad de un Salvador. La salvación es totalmente por la gracia y no por las obras, pero su fruto es la obediencia a los mandamientos. Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y da como resultado una sensación de bienestar. Es una evidencia de nuestro amor al Señor y de nuestra preocupación por nuestros semejantes. La obediencia por fe demuestra el poder de Cristo para transformar vidas y, por lo tanto, fortalece el testimonio cristiano. (Éxo. 20:1-17; Sal. 40:7,8; Mat. 22:36-40; Deut. 28:1-14; Mat. 5:17-20; Heb. 8:8-10; Juan 15:7-10; Efe. 2:8-10; 1 Juan 5:3; Rom. 8:3,4; Sal. 19:7-14) Previo Siguiente
- Creencia #5 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de Dios Dios es amor, poder y esplendor. Por amor decidió crearnos y desea una conexión íntima con la humanidad. Sus características principales son maravillosas, es lento para la ira y grande en misericordia.Busca comunicarse aun con la humanidad a través de muchas maneras. Es un misterio; Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. 5. DIOS EL ESPÍRITU SANTO: Si bien es cierto que la crucifixión había confundido, angustiado y aterrado a los seguidores de Jesús, la resurrección, en cambio, llevó el amanecer a sus días. Cuando Cristo quebrantó las ataduras de la muerte, el reino de Dios amaneció en sus corazones. Ahora, sus almas ardían con un fuego que no se podía apagar. Desaparecieron las diferencias que tan solo pocas semanas antes habían levantado perversas barreras entre los discípulos. Confesaron sus faltas los unos a los otros y abrieron más completamente sus corazones para recibir a Jesús, su Rey que había ascendido. La unidad de este rebaño una vez esparcido, creció a medida que pasaban los días en oración. En un día inolvidable, se hallaban alabando a Dios cuando en medio de ellos se oyó un ruido como el rugido de un tornado. Como si el fuego que ardía en sus corazones se estuviese haciendo visible, lenguas de fuego descendieron sobre cada cabeza. Como un fuego consumidor, el Espíritu Santo descendió sobre ellos. Llenos del Espíritu, los discípulos no pudieron contener su nuevo amor y gozo ardiente en Jesús. En forma pública, y llenos de entusiasmo, comenzaron a proclamar las buenas nuevas de salvación. Atraída por el sonido, una multitud de ciudadanos locales mezclados con peregrinos de muchas naciones se reunió junto al edificio. Llenos de asombro y confusión, escucharon —en su propio lenguaje— poderosos testimonios relativos a las poderosas obras de Dios, expresados por galileos sin educación. “No comprendo —decían algunos—; ¿qué significa esto?” Otros procuraban quitarle importancia, diciendo: “Están ebrios”. "¡No es así!”, exclamó Pedro, haciéndose oír por encima de las voces de la multitud. “Son solo las nueve de la mañana. Lo que ustedes han oído y visto está sucediendo porque el Cristo resucitado ha sido exaltado a la mano derecha de Dios y ahora nos ha concedido el Espíritu Santo” (ver Hech. 2). La Biblia revela que el Espíritu Santo es una persona, no una fuerza impersonal. Declaraciones como ésta: “Ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros” (Hech. 15:28), revelan que los primeros creyentes lo consideraban una persona. Cristo también se refirió a él como a una persona distinta. “Él me glorificará —declaró el Salvador—; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber” (Juan 16:14). Las Escrituras, al referirse al Dios triuno, describen al Espíritu como una persona (Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14). Dios el Espíritu Eterno desempeñó una parte activa con el Padre y el Hijo en la creación, la encarnación y la redención. Inspiró a los autores de las Escrituras. Infundió poder a la vida de Cristo. Atrae y convence a los seres humanos, y renueva a los que responden y los transforma a la imagen de Dios. Enviado por el Padre y el Hijo para estar siempre con sus hijos, concede dones espirituales a la iglesia, la capacita para dar testimonio en favor de Cristo y, en armonía con las Escrituras, la guía a toda la verdad. (Gén. 1:1,2; Luc. 1:35; 4:18; Hech. 10:38; 2 Ped. 1:21; 2 Cor. 3:18; Efe. 4:11, 12; Hech. 1:8; Juan 14:16-18, Juan 14:26; 15:26, 27; 16:7-13). Previo Siguiente
- Creencia #21 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Vida Cristiana Dios en la figura de Jesús vivo una vida humana en su máxima expresión de santidad. En ese sentido Jesús es nuestro ejemplo. Creemos en un cristianismo holístico, que impacta todas las áreas de la vida. Por tal razón, aspiramos a que nuestras vidas sean de inspiración para quienes nos rodean, por ser positivas y equilibradas, cuidando nuestro cuerpo, refinando la mente y el espíritu. 21. LA MAYORDOMÍA: Más que cualquier otra cosa, la vida cristiana significa la entrega de nosotros mismos y la aceptación de Cristo. Cuando vemos cómo Jesús se entregó a sí mismo por nosotros, clamamos: “¿Qué puedo hacer yo por ti?” Pero justamente cuando pensamos que hemos entrado en un compromiso absoluto, una entrega total, algo sucede que demuestra cuán superficial fue nuestra decisión. A medida que descubrimos nuevos aspectos de nuestras vidas que necesitamos entregar a Dios, nuestro sometimiento se profundiza. Entonces, con mucho tacto, el Espíritu lleva nuestra atención a otra zona donde el yo necesita entregarse. Y así continúa la vida a través de una serie de repetidas entregas a Cristo, las cuales se profundizan cada vez más en nuestro ser, nuestro estilo de vida, la manera como actuamos y reaccionamos. Una vez que entregamos todo lo que somos y lo que tenemos a Dios, a quien todo le pertenece de todos modos (1 Cor. 3:21-4:2), él lo acepta pero luego nos lo vuelve a entregar, haciéndonos mayordomos o cuidadores de todo lo que “poseemos”. Entonces, nuestra tendencia a vivir vidas confortables y egoístas se ve quebrantada al darnos cuenta de que nuestro Señor fue como el desnudo, el preso y el extranjero de la parábola. Y su perdurable mandato: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones”, hace que las actividades de la iglesia —compartir, enseñar, predicar, bautizar— sean más preciosas para nosotros. Por causa suya procuramos ser mayordomos fieles. “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo... y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro Espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19, 20). Fuimos comprados, redimidos, a un costo muy alto. Pertenecemos a Dios. Pero esa acción divina fue tan solo una reclamación, porque él nos hizo; hemos pertenecido a él desde el comienzo, porque “en el principio creó Dios...” (Gén. 1:1). Las Sagradas Escrituras especifican claramente que “de Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Sal. 24:1). Somos mayordomos de Dios, a quienes se nos ha confiado tiempo y oportunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos. Y somos responsables ante él por el empleo adecuado de todas esas dádivas. Reconocemos el derecho de propiedad por parte de Dios mediante nuestro servicio fiel a él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diezmos y las ofrendas que damos para la proclamación de su evangelio y para el sostén y desarrollo de su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios nos ha concedido para que crezcamos en amor y para que logremos la victoria sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo fiel se regocija por las bendiciones que reciben los demás como fruto de su fidelidad. (Gén. 1:26-28; 2:15; 1 Crón. 29:14; Hag. 1:3-11; Mal. 3:8-12; 1 Cor. 9:9-14; Mat. 23:23; 2 Cor. 8:1-15; Rom. 15:26, 27). Previo Siguiente
- Ministerios Personales | Iglesias Adventistas de Puerto Rico Este
Ministerios Personales Departamental Capellán Eric Ríos A sistente Administrativa Sarah Cedeño Eventos Recursos Archivos Más... (787) 758-8282 x 251 | ministeriospersonales@apadventista.org _________________________________________________________________________________________________________________ Una de las mejores maneras de estudiar la Biblia y encontrar libertad, sanación y esperanza en Jesús es interactuar con pequeños grupos de personas que también están profundizando su conocimiento de la Biblia. El departamento de Escuela Sabática y Ministerios Personales proporciona guías de estudio bíblico y material para grupos pequeños que se reúnen los sábados por la mañana y otros momentos de la semana para estudiar. Recursos Parejas Misioneras Curso 2 Descargar Capacitación ELAM 2024 Descargar Capacitaciones de Directores Descargar Inscripción ELAM 2024 Visitar Eventos Sin Eventos Eventos Pasados Día del Laico Adventista 2024
- Creencia #17 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Iglesia La iglesia es la familia de Dios; adoptada por Él como hijos, y sus miembros viven sobre la base de un pacto de amor. Como comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza, todos reciben cualidades especiales para contribuir en compartir el amor de Dios y fortalecerse unos a otros. Dios busca que sus seguidores sean una extensión de su carácter de amor en favor de la humanidad. 17. DONES Y MINISTERIOS ESPIRITUALES: Las palabras que Jesús habló justo antes de ascender al cielo, habrían de cambiar la historia. “Id por todo el mundo —les ordenó a los discípulos—, y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15). ¿A todo el mundo? ¿A toda criatura? Los discípulos deben haber pensado que se trataba de una tarea imposible. Cristo, que conocía su impotencia, los instruyó para que no abandonaran Jerusalén, “sino que esperasen la promesa del Padre”. Luego les aseguró: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:4,8). Después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos pasaron mucho tiempo en oración. La armonía y la humildad reemplazaron la discordia y los celos que habían caracterizado buena parte del tiempo que pasaron con Jesús. Los discípulos estaban convertidos. Su estrecha comunión con Cristo y la unidad resultante constituyeron la preparación necesaria para el derramamiento del Espíritu Santo. Así como Jesús recibió una unción especial del Espíritu que lo capacitó para realizar su ministerio (Hech. 10:38), también los discípulos recibieron el bautismo del Espíritu Santo (Hech. 1:5), el cual los capacitaría para testificar. Los resultados fueron asombrosos. El mismo día que recibieron el don del Espíritu Santo, bautizaron a 3.000 personas (ver Hech. 2:41). Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones espirituales para que cada miembro los emplee en amante ministerio por el bien común de la iglesia y de la humanidad. Concedidos mediante la operación del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad, los dones proveen todos los ministerios y habilidades que la iglesia necesita para cumplir sus funciones divinamente ordenadas. De acuerdo con las Escrituras, estos dones incluyen ministerios —tales como fe, sanidad, profecía, predicación, enseñanza, administración, reconciliación, compasión, servicio abnegado y caridad—, para ayudar y animar a nuestros semejantes. Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para ejercer funciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastorales, de evangelización, apostólicos y de enseñanza, particularmente necesarios con el fin de equipar a los miembros para el servicio, edificar a la iglesia con el objeto de que alcance la madurez espiritual, y promover la unidad de la fe y el conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales como fieles mayordomos de la multiforme gracia de Dios, la iglesia queda protegida de la influencia destructora de las falsas doctrinas, crece gracias a un desarrollo que procede de Dios, y se edifica en la fe y el amor. (Rom. 12:4-8; 1 Cor. 12:9-11,27,28; Efe. 4:8,11-16; Hech. 6:1-7; 1 Tim. 3:1-13; 1 Ped. 4:10,11) Previo Siguiente
- Creencia #8 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Salvación Existe una guerra cósmica entre Dios y Satanás. El enemigo de Dios reclama el carácter arbitrario e injusto de Dios como base de su rebelión. Atacando al ser humano, como creación especial de Dios, lo indujo también a rebelarse. Dios decide demostrar su amor sacrificándose en su Hijo a morir por la humanidad con el deseo de que el ser humano decida aceptarle. 8. EL GRAN CONFLICTO: La Escritura describe una batalla cósmica entre el bien y el mal, Dios y Satanás. Comprender esta controversia, que ha involucrado el universo entero, nos ayuda a responder la pregunta: ¿Por qué vino Jesús a este mundo? Misterio de misterios, el conflicto entre el bien y el mal comenzó en el cielo. ¿Cómo pudo el pecado originarse en un ambiente perfecto? Usando a los reyes de Tiro y Babilonia como descripciones figuradas de Lucifer, la Escritura ilumina cómo empezó esta controversia cósmica: Lucifer, el “hijo de la mañana”, el querubín cubridor, residía en la presencia de Dios (Isa. 14:12; Eze. 28:14).' La Escritura dice: “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura... perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Eze. 28:12,15). Si bien la aparición del pecado es inexplicable e injustificable, se puede trazar su origen hasta el orgullo de Lucifer (Eze. 28:17). Lucifer rehusó conformarse con la exaltada posición que su Creador le había concedido. En su egoísmo, codició la igualdad con Dios mismo (Isa. 14:12-14). Pero aunque Lucifer codiciaba la posición de Dios, no deseaba poseer su carácter. Procuró alcanzar la autoridad de Dios, pero no su amor. La rebelión de Lucifer contra el gobierno de Dios fue el primer paso en su proceso de transformarse en Satanás, “el adversario”. Después que Satanás fue expulsado del cielo, se dedicó a extender su rebelión a nuestro mundo. Disfrazado a manera de serpiente que hablaba, y usando los mismos argumentos que lo habían llevado a su propia caída, logró socavar la confianza que Adán y Eva tenían en su Creador (Gén. 3:5). Al creer en la palabra de la serpiente por encima de la de su Creador, traicionaron la confianza y la lealtad que los unían a Dios. Trágicamente, las semillas de la controversia que había comenzado en el cielo germinaron en el planeta Tierra (ver Gén. 3). Al seducir a nuestros primeros padres y hacerlos pecar, Satanás ingeniosamente les arrebató su dominio sobre el mundo. Afirmando ahora ser el “príncipe de este mundo”, Satanás desafió a Dios, desconociendo su autoridad, y amenazó así la paz de todo el universo, desde su nuevo centro de operaciones, el planeta Tierra. La maldad continuó multiplicándose hasta que, lleno de tristeza, Dios vio que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gén. 6:5). Esclavizados por el pecado, los humanos colaboraron con Satanás ayudándole a lograr su objetivo en la gran controversia al crucificar a Jesucristo, el Autor y Fiador del pacto. El mundo es un teatro del universo “hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Cor. 4:9) El pecado cortó la relación que existía entre Dios y el hombre, y “todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23). A su vez, y por medio del plan de salvación, Dios procura restaurar en los seres humanos la confianza en el Creador, que lleva a una relación de amor manifestada por la obediencia. Tal como lo señaló Cristo, el amor lleva a la obediencia (Juan 14:15). Toda la humanidad está ahora envuelta en un gran conflicto entre Cristo y Satanás en cuanto al carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el universo. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario de Dios, y condujo a la rebelión a una parte de los ángeles. Satanás introdujo el espíritu de rebelión en este mundo cuando indujo a Adán y a Eva a pecar. El pecado humano produjo como resultado la distorsión de la imagen de Dios en la humanidad, el trastorno del mundo creado y, posteriormente, su completa devastación en ocasión del diluvio universal. Observado por toda la creación, este mundo se convirtió en el campo de batalla del conflicto universal, a cuyo término el Dios de amor quedará finalmente vindicado. Para ayudar a su pueblo en este conflicto, Cristo envía al Espíritu Santo y los ángeles leales para guiarlo, protegerlo y sostenerlo en el camino de la salvación. (Apoc. 12:4-9; Isa. 14:12-14; Eze. 28:12-18; Gén. 3; Rom 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Gén. 6:8; 2 Ped. 3:6; 1 Cor. 4:9; Heb. 1:14) Previo Siguiente
- Creencia #10 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Salvación Existe una guerra cósmica entre Dios y Satanás. El enemigo de Dios reclama el carácter arbitrario e injusto de Dios como base de su rebelión. Atacando al ser humano, como creación especial de Dios, lo indujo también a rebelarse. Dios decide demostrar su amor sacrificándose en su Hijo a morir por la humanidad con el deseo de que el ser humano decida aceptarle. 10. LA EXPERIENCIA DE LA SALVACIÓN: Hace siglos, el pastor de Hermas soñó con una anciana arrugada que había vivido mucho tiempo. En su sueño, a medida que pasaba el tiempo, la anciana comenzó a cambiar: Si bien su cuerpo todavía estaba envejecido y su cabello blanco, su rostro comenzó a parecer más joven. Eventualmente, fue restaurada a su juventud. El autor británico, T. F. Torrance, comparaba a la anciana con la iglesia.1 Los cristianos no pueden mantenerse estáticos. Si el Espíritu de Cristo reina en nuestro interior (Rom. 8:9), nos mantenemos en un proceso de cambio dinámico. Pablo dijo: “Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificaría, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la Palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Efe. 5:25-27). El blanco de la iglesia es obtener esa limpieza. Por lo tanto, los creyentes que forman parte de la iglesia pueden testificar que “aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Cor. 4:16). “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Cor. 3:18). Esta transformación constituye la culminación del Pentecostés interior. A través de toda la Escritura, las descripciones de la experiencia del creyente —la salvación, justificación, santificación, purificación y redención—, se presentan como (1) ya cumplidas, (2) en proceso de verse cumplidas en la actualidad, y (3) por realizarse en el futuro. La comprensión de estas tres perspectivas nos ayuda a resolver las aparentes tensiones en el énfasis relativo que se coloca sobre la justificación y la santificación. Este capítulo, por lo tanto, se ha dividido en tres secciones principales, que tratan de la salvación en el pasado, el presente y el futuro del creyente. Con amor y misericordia infinitos Dios hizo que Cristo, que no conoció pecado, fuera hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiésemos ser hechos justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo sentimos nuestra necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de nuestras transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como sustituto y ejemplo. Esta fe que acepta la salvación nos llega por medio del poder divino de la Palabra y es un don de la gracia de Dios. Mediante Cristo somos justificados, adoptados como hijos e hijas de Dios y librados del dominio del pecado. Por medio del Espíritu nacemos de nuevo y somos santificados; el Espíritu renueva nuestras mentes, graba la ley de amor de Dios en nuestros corazones y nos da poder para vivir una vida santa. Al permanecer en él somos participantes de la naturaleza divina y tenemos la seguridad de la salvación ahora y en ocasión del juicio. (2 Cor. 5:17-21; Juan 3:16; Gál. 1:4; 4:4-7; Tito 3:3-7; Juan 16:8; Gál. 3:13,14; 1 Ped. 2:21,22; Rom. 10:17; Luc. 17:5; Mar. 9:23,24; Efe. 2:5- 10; Rom. 3:21-26; Col. 1:13, 14; Rom. 8:14-17; Gál. 3:26; Juan 3:3-8; 1 Ped. 1:23; Rom. 12:2; Heb. 8:7-12; Eze. 36:25-27; 2 Ped. 1:3,4; Rom. 8:1-4; 5:6-10). Previo Siguiente
- Creencia #25 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina del Tiempo del Fin La tierra, como la conocemos, tiene un fin pues Dios quiere que la humanidad retorne a su estado original. Con este propósito nos ha revelado sus plan para ponerle fin al dolor y la tristeza en el Universo. En la actualidad investiga quiénes vivieron siendo cómplices de su plan, con la promesa que lo conocerán cara a cara, en un mundo sin dolor y siendo libres de crear y explorar eternamente. 25. CRISTO, SU SEGUNDA VENIDA: “MAMI -DIJO UNA NIÑITA AL ACOSTARSE-, extraño tanto a mi amigo Jesús. ¿Cuándo va a volver?” Esa niña no se imaginaba que el deseo de su corazón expresaba el anhelo de la humanidad a través de todas las edades. Las palabras finales de la Biblia nos dan la promesa de un pronto regreso: “Ciertamente vengo en breve”. Y Juan el revelador, el compañero fiel de Jesús, añade: “Amén; sí ven, Señor Jesús” (Apoc. 22:20). ¡Ver a Jesús! ¡Unirnos para siempre con él, que nos ama mucho más de lo que podemos imaginar! ¡Poner fin a todos los sufrimientos terrenales! ¡Disfrutar de la eternidad con nuestros amados resucitados que ahora descansan! No es de extrañar, entonces, que sus amigos lo hayan esperado desde su ascensión hasta el día de hoy. Un día Cristo volverá, aunque aun para los santos su venida será una maravillosa sorpresa, pues todos se han dormido por la demora (Mat. 25:5). A “media noche”, en la hora más oscura de la historia, Dios manifestará su poder para liberar a su pueblo. La Escritura describe los sucesos: “Salió una gran voz del templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está”. Esta voz hace estremecer la tierra, causando “un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra” (Apoc. 16:17, 18). Las montañas tiemblan, las rocas se derrumban esparciéndose por dondequiera, y la tierra entera se sacude como las olas del océano. La superficie se abre “y las naciones cayeron... Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados” (vers. 19,20). “Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar” (Apoc. 6:14). A pesar del caos que descenderá sobre el mundo físico, el pueblo de Dios no temerá al ver “la señal del Hijo del Hombre” (Mat. 24:30). Cuando descienda de las nubes de los cielos, todo ojo verá al Príncipe de vida. Viene, esta vez, no como Varón de dolores, sino como un conquistador victorioso a reclamar lo suyo. En lugar de la corona de espinas, llevará la corona de gloria, “y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores” (Apoc. 19:12,16). A su venida, una gran desesperación se apoderará de los que no aceptaron a Jesús como su Salvador y Señor, y rechazaron su ley en sus corazones. Nada hace a los que rechazaron su gracia darse más cuenta de su culpabilidad que la suplicante y paciente voz que les rogaba: “Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis?” (Eze. 33:11). “Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?” (Apoc. 6:15-17). Pero el gozo de los que por mucho tiempo lo han esperado, es muy superior a la desesperación de los malos. La venida del Redentor lleva la historia del pueblo de Dios a su glorioso final; es el momento de su liberación. Inundados de emoción le adoran diciendo: “He aquí, este es nuestro Dios, le hemos esperado, y nos salvará; este es Jehová a quien hemos esperado, nos gozaremos y nos alegraremos en su salvación” (Isa. 25:9). Mientras Jesús se acerca, llama a los santos que duermen en sus tumbas y envía a sus ángeles para que junten a “sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (Mat. 24:31). Por todo el mundo los muertos justos oirán su voz y se levantarán de sus tumbas: ¡qué momento de gozo! Luego los justos vivos son transformados “en un momento, en un abrir y cerrar de ojos” (1 Cor. 15:52). Glorificados y habiendo recibido inmortalidad, son arrebatados junto con los santos La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia, la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal, visible y de alcance mundial. Cuando el Señor regrese, los justos muertos resucitarán y, junto con los justos que estén vivos, serán glorificados y llevados al cielo, pero los impíos morirán. El hecho de que la mayor parte de las profecías esté alcanzando su pleno cumplimiento, unido a las actuales condiciones del mundo, nos indica que la venida de Cristo es inminente. El momento cuando ocurrirá este acontecimiento no ha sido revelado, y por lo tanto se nos exhorta a estar preparados en todo tiempo. (Tito 2:13; Heb. 9:28; Juan 14:1-3; Hech. 1:9-11; Mat. 24:14; Apoc. 1:7; Mat. 24:43, 44; 1 Tes. 4:13-18:1 1 Cor. 15:51-54; 2 Tes. 1:7-10; 2:8; Apoc. 14:14-20; 19:11-21; Mat. 24; Mar. 13;Luc. 21;2 Tim. 3:1-5:1 Tes. 5:1-6) Previo Siguiente
- Creencia #12 | Iglesias Adventistas de Puerto Rico
Doctrina de la Iglesia La iglesia es la familia de Dios; adoptada por Él como hijos, y sus miembros viven sobre la base de un pacto de amor. Como comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza, todos reciben cualidades especiales para contribuir en compartir el amor de Dios y fortalecerse unos a otros. Dios busca que sus seguidores sean una extensión de su carácter de amor en favor de la humanidad. 12. LA IGLES IA: Lleno de ira, el anciano golpea con fuerza la roca con el bastón que tiene en su mano. Repite el golpe y exclama: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Núm. 20:10). De la roca brota una corriente de agua que satisface la necesidad de Israel. Pero al tomar para sí mismo el crédito por el don del agua, en vez de dirigirlo a la roca, Moisés pecó. Y por ese pecado no habría de entrar a la tierra prometida (ver Núm. 20:7-12). Esa Roca era Cristo, el Fundamento sobre el cual Dios estableció a su pueblo, tanto en lo individual como en el sentido colectivo. A través de toda la Escritura, se halla entretejida esta imagen. En el último sermón que Moisés predicó a Israel, el patriarca, posiblemente recordando este incidente, usó la metáfora de la roca para simbolizar la estabilidad y confiabilidad de Dios: “Porque el nombre de Jehová proclamaré. Engrandeced a nuestro Dios. Él es la roca, cuya obra es perfecta, Porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad y sin ninguna iniquidad en él” (Deut. 32:3,4). Siglos más tarde, David se hizo eco del mismo tema, presentando al Salvador como la roca: “En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio” (Sal. 62:7). Isaías usó la misma imagen para referirse al Mesías venidero. “Por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable” (Isa. 28:16). Pedro testifica en cuanto a que Cristo cumplió esta predicción, no como una piedra común, sino “piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Ped. 2:4). Pablo identificó al Salvador como el único fundamento seguro, diciendo: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3:11). Refiriéndose a la roca que Moisés golpeó, dijo: “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4). El mismo Jesús usó la imagen en forma directa, al declarar: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18). El Salvador estableció la iglesia cristiana fundándola sobre sí mismo, la Roca viviente. Su propio cuerpo sería sacrificado por los pecados del mundo; la Roca sería herida. Nada puede prevalecer contra una iglesia construida sobre el sólido fundamento que él provee. De esa Roca, fluirían las aguas sanadoras que apagarían la sed de las naciones sedientas (ver Eze. 47:1-12; Juan 7:37,38; Apoc. 22:1-5). La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan que Jesucristo es Señor y Salvador. Como continuadores del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, se nos invita a salir del mundo; y nos reunimos para adorar, para estar en comunión unos con otros, para recibir instrucción en la Palabra, para la celebración de la Cena del Señor, para servir a toda la hum anidad y para proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia recibe su autoridad de Cristo, que es la Palabra encarnado, y de las Escrituras, que son la Palabra escrita. La iglesia es la familia de Dios; somos adoptados por él como hijos, vivimos sobre la base del nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, es una comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza. La iglesia es la esposa por la cual Cristo murió para poder santificarla y purificarla. Cuando regrese en triunfo, él presentará a sí mismo una iglesia gloriosa, los fieles de todas las edades, adquiridos por su sangre, una iglesia sin mancha, ni arruga, sino santa y sin defecto. (Gén. 12:3; Hech. 7:38; Efe. 4:11-15; 3:8-11; Mat. 28:19,20; 16:13-20; 18:18; Efe. 2:19-22; 1:22,23; 5:23-27; Col. 1:17,18) Previo Siguiente
