Doctrina de la Salvación

Existe una guerra cósmica entre Dios y Satanás. El enemigo de Dios reclama el carácter arbitrario e injusto de Dios como base de su rebelión. Atacando al ser humano, como creación especial de Dios, lo indujo también a rebelarse. Dios decide demostrar su amor sacrificándose en su Hijo a morir por la humanidad con el deseo de que el ser humano decida aceptarle.

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CRECIENDO EN CRISTO  •  El nacimiento es un momento de gozo.

 

Una semilla germina, y la apariencia de aquellas primeras hojas traen felicidad al jardinero. Nace un bebé, y su primer quejido anuncia al mundo que una nueva vida exige su lugar. La madre olvida todo su dolor y se une al resto de la familia en gozo y celebración. Una nación nace para ser libre, y un pueblo entero inunda las calles y llena las plazas citadinas, agitando símbolos de su nuevo gozo. Pero imagine lo siguiente: Las dos hojitas no se convierten en cuatro, sino que permanecen igual o se desvanecen; un año después el pequeño bebé no sonríe ni ha podido dar sus primeros pasos, sino que su desarrollo ha quedado congelado en la etapa en la que vino al mundo; la nación recién liberada poco después se derrumba y se torna en una prisión de temores, torturas y cautiverio.

 

El gozo del jardinero, el éxtasis de la madre y la promesa de un futuro lleno de libertad se tornan en desánimo, penas y luto. El crecimiento —el crecimiento continuo, constante, madurador y fructífero—es parte esencial de la vida. Sin él, el nacimiento no tiene significado, propósito ni destino.

 

Crecer es una ecuación inseparable de la vida, tanto física como espiritual. El crecimiento físico exige nutrición, ambiente, apoyo, ejercicio, educación y entrenamiento apropiados, y una vida llena de propósito. Pero el asunto en cuestión aquí es el crecimiento espiritual. ¿Cómo crecemos en Cristo y maduramos como cristianos? ¿Cuáles son las señales del crecimiento espiritual?

Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal por su muerte en la cruz. Quien subyugó los espíritus demoníacos durante su ministerio terrenal, quebrantó su poder y aseguró su destrucción definitiva. La victoria de Jesús nos da la victoria sobre las fuerzas malignas que todavía buscan controlarnos y nos permite andar con él en paz, gozo y la certeza de su amor. El Espíritu Santo ahora mora dentro de nosotros y nos da poder. Al estar continuamente comprometidos con Jesús como nuestro Salvador y Señor, somos librados de la carga de nuestros actos pasados. Ya no vivimos en la oscuridad, ni en el temor a los poderes malignos, ni en la ignorancia, ni en la falta de sentido de nuestra antigua manera de vivir. En esta nueva libertad en Jesús, somos invitados a desarrollarnos en semejanza a su carácter, en comunión diaria con él por medio de la oración, alimentándonos con su Palabra, meditando en ella y en su providencia, cantando alabanzas a él, reuniéndonos para adorarlo y participando en la misión de la iglesia. Al darnos en servicio amante a quienes nos rodean y al testificar de la salvación, la presencia constante de Jesús por medio del Espíritu transforma cada momento y cada tarea en una experiencia espiritual.

 

(Sal. 1:1,2; 23:4; 77:11, 12; Col. 1:13, 14; Col. 2:06, 14, 15 ; Luc. 10:17- 20; Efe. 5:19,20; 6:12-18; 1 Tes. 5:23; 2 Ped. 2:9; 3:18; 2 Cor. 3:17,18; Fil. 3:7-14; 1 Tes. 5:16-18; Mat. 20:25-28; Juan 20:21; Gál. 5:22-25; Rom. 8:38,39; 1 Juan 4:4; Heb. 10:25)