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Doctrina de la Iglesia

La iglesia es la familia de Dios; adoptada por Él como hijos, y sus miembros viven sobre la base de un pacto de amor. Como comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza, todos reciben cualidades especiales para contribuir en compartir el amor de Dios y fortalecerse unos a otros. Dios busca que sus seguidores sean una extensión de su carácter de amor en favor de la humanidad.

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EL REMANENTE Y SU MISIÓN  •  EL GIGANTESCO DRAGÓN ROJO SE AGAZAPA, listo para saltar.

 

Ya ha provocado la caída de un tercio de los ángeles del cielo (Apoc. 12:4, 7-9). Ahora, si puede lograr su propósito de devorar al niño que está por nacer, habrá ganado la guerra.

 

La mujer que se halla delante de él está vestida del sol, tiene la luna bajo sus pies y lleva una corona de doce estrellas. El hijo varón que ella da a luz, está destinado a regir “con vara de hierro a todas las naciones”.

 

El dragón lanza su ataque, pero sus esfuerzos por matar al niño son vanos. En cambio, “fue arrebatado para Dios y para su trono”. Enfurecido, el dragón torna su ira contra la madre, a la cual se le conceden milagrosamente alas, que le permiten huir a un lugar remoto especialmente preparado por Dios, quien la sustenta allí por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo, es decir, tres años y medio o 1.260 días proféticos (Apoc. 12:1-6,13,14).

 

En la profecía bíblica, una mujer pura representa a la iglesia fiel de Dios. Una mujer representada como fornicaria o adúltera, representa al pueblo de Dios que ha apostatado (Eze. 16; Isa. 57:8; Jer. 31:4, 5; Ose. 1-3; Apoc. 17:1-5).

 

El dragón, “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás", esperaba la oportunidad de devorar al Niño varón, el Mesías largamente esperado, Jesucristo. Satanás, en su guerra contra Jesús, usó como su instrumento al Imperio Romano. Nada, ni siquiera la muerte en la cruz, pudo desviar a Jesús de su misión como Salvador de la humanidad.

 

En la cruz, Cristo derrotó a Satanás. Refiriéndose a la crucifixión, Cristo dijo: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). El Apocalipsis describe el himno de victoria que resuena en el cielo: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche... por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos” (Apoc. 12:10-12). La expulsión de Satanás del cielo restringió su actividad. Ya no podría el diablo acusar al pueblo de Dios ante los seres celestiales.

 

Pero mientras que el cielo se goza, la tierra debe estar alerta: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12).

 

Para desahogar su ira, Satanás comenzó a perseguir a la mujer —la iglesia— (Apoc. 12:13), la cual a pesar de su gran sufrimiento, de todos modos sobrevivió. Las zonas escasamente pobladas del mundo —“el desierto”— proveyeron refugio para los fieles de Dios durante los 1.260 días proféticos o años literales (Apoc. 12:14-16)

 

Al fin de esta experiencia en el desierto, el pueblo de Dios emerge en respuesta a las señales del pronto retorno de Cristo. Juan identifica este grupo fiel como “el resto... los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17). 

La iglesia universal está compuesta de todos los que creen verdaderamente en Cristo; pero en los últimos días, una época de apostasía generalizada, se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y pregona la proximidad de su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la hora del juicio en los cielos y, como resultado, se produce una obra de arrepentimiento y reforma en la Tierra. Se invita a todos los creyentes a participar personalmente en este testimonio mundial.

(Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4; 2 Cor. 5:10; Jud. 3 ,1 4 ; 1 Ped. 1:16-19; 2 Ped. 3:10-14; Apoc. 21:1-14)