Doctrina de la Salvación

Existe una guerra cósmica entre Dios y Satanás. El enemigo de Dios reclama el carácter arbitrario e injusto de Dios como base de su rebelión. Atacando al ser humano, como creación especial de Dios, lo indujo también a rebelarse. Dios decide demostrar su amor sacrificándose en su Hijo a morir por la humanidad con el deseo de que el ser humano decida aceptarle.

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EL GRAN CONFLICTO  •  La Escritura describe una batalla cósmica entre el bien y el mal, Dios y Satanás.

 

 Comprender esta controversia, que ha involucrado el universo entero, nos ayuda a responder la pregunta: ¿Por qué vino Jesús a este mundo?

 

Misterio de misterios, el conflicto entre el bien y el mal comenzó en el cielo. ¿Cómo pudo el pecado originarse en un ambiente perfecto? Usando a los reyes de Tiro y Babilonia como descripciones figuradas de Lucifer, la Escritura ilumina cómo empezó esta controversia cósmica: Lucifer, el “hijo de la mañana”, el querubín cubridor, residía en la presencia de Dios (Isa. 14:12; Eze. 28:14).' La Escritura dice: “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura... perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad” (Eze. 28:12,15). Si bien la aparición del pecado es inexplicable e injustificable, se puede trazar su origen hasta el orgullo de Lucifer (Eze. 28:17). Lucifer rehusó conformarse con la exaltada posición que su Creador le había concedido. En su egoísmo, codició la igualdad con Dios mismo (Isa. 14:12-14). Pero aunque Lucifer codiciaba la posición de Dios, no deseaba poseer su carácter. Procuró alcanzar la autoridad de Dios, pero no su amor. La rebelión de Lucifer contra el gobierno de Dios fue el primer paso en su proceso de transformarse en Satanás, “el adversario”.

 

Después que Satanás fue expulsado del cielo, se dedicó a extender su rebelión a nuestro mundo. Disfrazado a manera de serpiente que hablaba, y usando los mismos argumentos que lo habían llevado a su propia caída, logró socavar la confianza que Adán y Eva tenían en su Creador (Gén. 3:5). Al creer en la palabra de la serpiente por encima de la de su Creador, traicionaron la confianza y la lealtad que los unían a Dios. Trágicamente, las semillas de la controversia que había comenzado en el cielo germinaron en el planeta Tierra (ver Gén. 3). Al seducir a nuestros primeros padres y hacerlos pecar, Satanás ingeniosamente les arrebató su dominio sobre el mundo. Afirmando ahora ser el “príncipe de este mundo”, Satanás desafió a Dios, desconociendo su autoridad, y amenazó así la paz de todo el universo, desde su nuevo centro de operaciones, el planeta Tierra. La maldad continuó multiplicándose hasta que, lleno de tristeza, Dios vio que “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gén. 6:5).

 

Esclavizados por el pecado, los humanos colaboraron con Satanás ayudándole a lograr su objetivo en la gran controversia al crucificar a Jesucristo, el Autor y Fiador del pacto. El mundo es un teatro del universo “hemos llegado a ser espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres” (1 Cor. 4:9) El pecado cortó la relación que existía entre Dios y el hombre, y “todo lo que no proviene de fe, es pecado” (Rom. 14:23).

 

A su vez, y por medio del plan de salvación, Dios procura restaurar en los seres humanos la confianza en el Creador, que lleva a una relación de amor manifestada por la obediencia. Tal como lo señaló Cristo, el amor lleva a la obediencia (Juan 14:15).

 

Toda la humanidad está ahora envuelta en un gran conflicto entre Cristo y Satanás en cuanto al carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el universo. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario de Dios, y condujo a la rebelión a una parte de los ángeles. Satanás introdujo el espíritu de rebelión en este mundo cuando indujo a Adán y a Eva a pecar. El pecado humano produjo como resultado la distorsión de la imagen de Dios en la humanidad, el trastorno del mundo creado y, posteriormente, su completa devastación en ocasión del diluvio universal. Observado por toda la creación, este mundo se convirtió en el campo de batalla del conflicto universal, a cuyo término el Dios de amor quedará finalmente vindicado. Para ayudar a su pueblo en este conflicto, Cristo envía al Espíritu Santo y los ángeles leales para guiarlo, protegerlo y sostenerlo en el camino de la salvación.

 

(Apoc. 12:4-9; Isa. 14:12-14; Eze. 28:12-18; Gén. 3; Rom 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Gén. 6:8;  2 Ped. 3:6; 1 Cor. 4:9;       Heb. 1:14)