DOCTRINA DE LA

IGLESIA

[Creecias 12-18]

 

 L   I     

A

GLESIA

LLENO DE IRA, EL ANCIANO GOLPEA con fuerza la roca con el bastón que tiene en su mano.

 

Repite el golpe y exclama: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Núm. 20:10).

 

De la roca brota una corriente de agua que satisface la necesidad de Israel. Pero al tomar para sí mismo el crédito por el don del agua, en vez de dirigirlo a la roca, Moisés pecó. Y por ese pecado no habría de entrar a la tierra prometida (ver Núm. 20:7-12).

 

Esa Roca era Cristo, el Fundamento sobre el cual Dios estableció a su pueblo, tanto en lo individual como en el sentido colectivo. A través de toda la Escritura, se halla entretejida esta imagen.

 

En el último sermón que Moisés predicó a Israel, el patriarca, posiblemente recordando este incidente, usó la metáfora de la roca para simbolizar la estabilidad y confiabilidad de Dios: “Porque el nombre de Jehová proclamaré. Engrandeced a nuestro Dios. Él es la roca, cuya obra es perfecta, Porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad y sin ninguna iniquidad en él” (Deut. 32:3,4).

 

Siglos más tarde, David se hizo eco del mismo tema, presentando al Salvador como la roca: “En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio” (Sal. 62:7).

 

Isaías usó la misma imagen para referirse al Mesías venidero. “Por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable” (Isa. 28:16).

 

Pedro testifica en cuanto a que Cristo cumplió esta predicción, no como una piedra común, sino “piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa” (1 Ped. 2:4).

 

Pablo identificó al Salvador como el único fundamento seguro, diciendo: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Cor. 3:11). Refiriéndose a la roca que Moisés golpeó, dijo: “Y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1 Cor. 10:4).

 

El mismo Jesús usó la imagen en forma directa, al declarar: “Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mat. 16:18). El Salvador estableció la iglesia cristiana fundándola sobre sí mismo, la Roca viviente. Su propio cuerpo sería sacrificado por los pecados del mundo; la Roca sería herida. Nada puede prevalecer contra una iglesia construida sobre el sólido fundamento que él provee. De esa Roca, fluirían las aguas sanadoras que apagarían la sed de las naciones sedientas (ver Eze. 47:1-12; Juan 7:37,38; Apoc. 22:1-5).

La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan que Jesucristo es Señor y Salvador. Como continuadores del pueblo de Dios del Antiguo Testamento, se nos invita a salir del mundo; y nos reunimos para adorar, para estar en comunión unos con otros, para recibir instrucción en la Palabra, para la celebración de la Cena del Señor, para servir a toda la hum anidad y para proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia recibe su autoridad de Cristo, que es la Palabra encarnado, y de las Escrituras, que son la Palabra escrita. La iglesia es la familia de Dios; somos adoptados por él como hijos, vivimos sobre la base del nuevo pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, es una comunidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza. La iglesia es la esposa por la cual Cristo murió para poder santificarla y purificarla. Cuando regrese en triunfo, él presentará a sí mismo una iglesia gloriosa, los fieles de todas las edades, adquiridos por su sangre, una iglesia sin mancha, ni arruga, sino santa y sin defecto.

 

(Gén. 12:3; Hech. 7:38; Efe. 4:11-15; 3:8-11; Mat. 28:19,20; 16:13-20; 18:18; Efe. 2:19-22; 1:22,23; 5:23-27; Col. 1:17,18)

 

 E  R     

L

EMANENTE

Y SU MISIÓN

EL GIGANTESCO DRAGÓN ROJO SE AGAZAPA, listo para saltar.

 

Ya ha provocado la caída de un tercio de los ángeles del cielo (Apoc. 12:4, 7-9). Ahora, si puede lograr su propósito de devorar al niño que está por nacer, habrá ganado la guerra.

 

La mujer que se halla delante de él está vestida del sol, tiene la luna bajo sus pies y lleva una corona de doce estrellas. El hijo varón que ella da a luz, está destinado a regir “con vara de hierro a todas las naciones”.

 

El dragón lanza su ataque, pero sus esfuerzos por matar al niño son vanos. En cambio, “fue arrebatado para Dios y para su trono”. Enfurecido, el dragón torna su ira contra la madre, a la cual se le conceden milagrosamente alas, que le permiten huir a un lugar remoto especialmente preparado por Dios, quien la sustenta allí por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo, es decir, tres años y medio o 1.260 días proféticos (Apoc. 12:1-6,13,14).

 

En la profecía bíblica, una mujer pura representa a la iglesia fiel de Dios. Una mujer representada como fornicaria o adúltera, representa al pueblo de Dios que ha apostatado (Eze. 16; Isa. 57:8; Jer. 31:4, 5; Ose. 1-3; Apoc. 17:1-5).

 

El dragón, “la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás", esperaba la oportunidad de devorar al Niño varón, el Mesías largamente esperado, Jesucristo. Satanás, en su guerra contra Jesús, usó como su instrumento al Imperio Romano. Nada, ni siquiera la muerte en la cruz, pudo desviar a Jesús de su misión como Salvador de la humanidad.

 

En la cruz, Cristo derrotó a Satanás. Refiriéndose a la crucifixión, Cristo dijo: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera” (Juan 12:31). El Apocalipsis describe el himno de victoria que resuena en el cielo: “Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche... por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos” (Apoc. 12:10-12). La expulsión de Satanás del cielo restringió su actividad. Ya no podría el diablo acusar al pueblo de Dios ante los seres celestiales.

 

Pero mientras que el cielo se goza, la tierra debe estar alerta: “¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! Porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apoc. 12:12).

 

Para desahogar su ira, Satanás comenzó a perseguir a la mujer —la iglesia— (Apoc. 12:13), la cual a pesar de su gran sufrimiento, de todos modos sobrevivió. Las zonas escasamente pobladas del mundo —“el desierto”— proveyeron refugio para los fieles de Dios durante los 1.260 días proféticos o años literales (Apoc. 12:14-16)

 

Al fin de esta experiencia en el desierto, el pueblo de Dios emerge en respuesta a las señales del pronto retorno de Cristo. Juan identifica este grupo fiel como “el resto... los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo” (Apoc. 12:17). 

La iglesia universal está compuesta de todos los que creen verdaderamente en Cristo; pero en los últimos días, una época de apostasía generalizada, se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del juicio, proclama la salvación por medio de Cristo y pregona la proximidad de su segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de Apocalipsis 14; coincide con la hora del juicio en los cielos y, como resultado, se produce una obra de arrepentimiento y reforma en la Tierra. Se invita a todos los creyentes a participar personalmente en este testimonio mundial.

(Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4; 2 Cor. 5:10; Jud. 3 ,1 4 ; 1 Ped. 1:16-19; 2 Ped. 3:10-14; Apoc. 21:1-14)

 

 L  U     

A

NIDAD

DEL CUERPO DE CRISTO

CUANDO JESÚS TERMINÓ SU MINISTERIO EN EL MUNDO (Juan 17:4), no dejó por eso de preocuparse profundamente por la condición de sus discípulos, aun el atardecer antes de su muerte.

 

Los celos produjeron entre ellos discusiones sobre quién era el mayor, y cuál de ellos ocuparía las posiciones más elevadas en el reino de Cristo. La explicación de Cristo, según la cual la humildad era la sustancia de su reino, y sus verdaderos seguidores debían ser siervos, entregándose voluntariamente al servicio sin expectativas de recibir nada, ni aun una palabra de agradecimiento, en retorno, parecía haber caído en oídos sordos (Luc. 17:10). Hasta el ejemplo que estableció el Salvador, al inclinarse para lavar los pies de sus discípulos cuando ninguno de ellos quería hacerlo debido a las implicaciones, parecía haber sido en vano.

 

Jesús es amor. Era su simpatía lo que mantenía a las multitudes en pos de él. Por no comprender ese amor abnegado, sus discípulos estaban llenos de duros prejuicios contra los no judíos, las mujeres, los “pecadores” y los pobres, lo cual los cegaba para no ver el amor de Cristo que todo lo abarca, y que se manifestaba aun hacia esos grupos detestados. Cuando los discípulos lo encontraron conversando con una mujer samaritana de mala reputación, todavía no habían aprendido que los campos, maduros para la cosecha, incluyen granos de todas clases, listos para ser recogidos.

 

Pero a Cristo no podía conmoverlo la tradición, la opinión pública, ni siquiera el control familiar. Su amor irrefrenable alcanzaba a la humanidad quebrantada y la restauraba. Ese amor, que los haría distinguirse del pueblo indiferente, sería la evidencia de que eran verdaderos discípulos. Así como el Maestro amó, ellos debían amar. Desde entonces, y por siempre, el mundo podría distinguir a los cristianos, no por causa de su profesión, sino por la revelación del amor de Cristo en ellos (ver Juan 13:34, 35).

 

Aun mientras el Salvador estaba en el jardín del Getsemaní, su preocupación más importante era la unidad de su iglesia, “los hombres que del mundo me diste” (Juan 17:6). Le rogó a su Padre que en la iglesia existiese una unidad similar a la que experimentaban los miembros de la Deidad. “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Juan 17:21).

 

Esta unidad constituye la herramienta más poderosa que posee la iglesia para testificar, por cuanto ofrece evidencias del abnegado amor que Cristo siente por la humanidad. Dijo el Señor: “Yo en ellos, y tú en mí para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” (Juan 17:23).

La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros, llamados de entre todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. En Cristo somos una nueva creación; las diferencias de raza, cultura, educación y nacionalidad, y las diferencias entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres, no deben causar divisiones entre nosotros. Todos somos iguales en Cristo, quien por un mismo Espíritu nos unió en comunión con él y los unos con los otros; debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Por medio de la revelación de Jesucristo en las Escrituras, participamos de la misma fe y la misma esperanza, y damos a todos un mismo testimonio. Esta unidad tiene sus orígenes en la unicidad del Dios triuno, que nos adoptó como hijos suyos

 

(Rom. 12:4, 5; 1 Cor. 12:12-14; Mat. 28:19,20; Sal. 133:1; 2 Cor. 5:16,17: Hech. 17:26,27; Gál. 3:27, 29: Col. 3:10-15;

Efe. 4:14-16; 4:1-6; Juan 17:20-23).

 

 E  B     

L

AUTISMO

NYANGWIRA, UNA CREYENTE QUE VIVÍA EN ÁFRICA CENTRAL, no consideraba que el bautismo fuese simplemente una opción. Durante más de un año había estado estudiando atentamente la Biblia. Anhelaba llegar a ser cristiana.

 

Una tarde compartió con su esposo lo que había aprendido. Muy ofendido, el hombre dijo a gritos: “¡No quiero que en mi hogar haya esta clase de religión, y si sigues estudiando te mataré!”

 

A pesar de esta reacción aplastante, Nyangwira continuó estudiando y pronto estuvo lista para el bautismo. Antes de salir al servicio bautismal, Nyangwira se arrodilló respetuosamente ante su esposo y le dijo que iba a ser bautizada. El hombre tomó su gran cuchillo de caza y vociferó: “¡Te dije que no quiero que te bautices! ¡El día que lo hagas, te mataré! Pero Nyangwira, determinada a seguir a su Señor, salió con las amenazas de su esposo resonando todavía en sus oídos.

 

Antes de entrar en el agua, confesó sus pecados y dedicó su vida a su Salvador, sin saber si ese mismo día le tocaría también entregar su vida por el Señor. La paz llenó su corazón durante su bautismo.

 

Cuando volvió al hogar, tomó el cuchillo de caza y se lo llevó a su esposo.

—¿Has sido bautizada? —preguntó este, airado. —Sí —replicó simplemente Nyangwira. 

—Aquí está el cuchillo. —¿Estás lista para recibir la muerte? —Sí, lo estoy.

Asombrado ante el valor de Nyangwira, el esposo dejó de sentir el deseo de matarla.

 

¿Cuán importante es el bautismo? ¿Vale la pena arriesgar la vida por bautizarse?

¿Es cierto que Dios requiere el bautismo? ¿Depende la salvación de si somos o no bautizados?

 

Por medio del bautismo confesamos nuestra f e en la muerte y resurrección de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro propósito de andar en novedad de vida. De este modo reconocemos a Cristo como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestro recibimiento del Espíritu Santo. Se realiza por inmersión en agua, y depende de una afirm ación de f e en Jesús y de la evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñanzas.

 

(Rom. 6:1-6; Col. 2:1 2 ,1 3 ; Hech. 16:30-33; 22:16; 2:38; Mat. 28:19-20)

 

 L   C          S

A

ENA DEL

EÑOR

CON PIES POLVORIENTOS, LLEGARON al aposento alto para celebrar la Pascua.

 

Alguien había provisto un jarrón de agua, una palangana y una toalla para el acostumbrado lavamiento de pies, pero nadie quería realizar esa tarea degradante.

 

Sabedor de su muerte inminente, Jesús dijo con tristeza: “¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta Pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios” (Luc. 22:15,16).

 

Los celos que los discípulos albergaban unos contra otros, llenaban de tristeza el corazón de Jesús. Se daba cuenta de que todavía contendían en cuanto a quién debía ser considerado el mayor en su reino (Luc. 22:24; Mat. 18:1; 20:21). Lo que les impedía a los discípulos humillarse a sí mismos, sustituir al siervo y lavar los pies de los demás, era sus maniobras en busca de posición, su orgullo y estimación propia. ¿Aprenderían alguna vez que en el reino de Dios la verdadera grandeza se revela por la humildad y el servicio de amor? 

 

“Cuando cenaban” (Juan 13:2, 4), Jesús se levantó calladamente, tomó la toalla del siervo, echó agua en la palangana, se arrodilló y comenzó a lavar los pies de los discípulos. ¡El Maestro como siervo! Comprendiendo el reproche implícito, los discípulos se llenaron de vergüenza. Cuando hubo completado su trabajo y vuelto a su lugar, el Señor dijo: “Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:14-17).

 

A continuación, Jesús instituyó en lugar de la Pascua el servicio que había de recordar su gran sacrificio: la Cena del Señor. Mientras comían, “tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo” que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Luego tomó la copa de la bendición, “y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados”. “Haced esto todas las veces que la bebiereis en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga” (ver Mat. 26:26-28; 1 Cor. 11:24-26; 10:16).

 

Las ordenanzas del lavamiento del los pies y de la Cena del Señor constituyen el servicio de la Comunión. Así, Cristo instituyó ambas ordenanzas con el fin de ayudarnos a entrar en comunión con él.

La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la sangre de Jesús como expresión de fe en él, nuestro Señor y Salvador. Cristo está presente en esta experiencia de comunión para encontrarse con su pueblo y fortalecerlo. Al participar de la Cena, proclamamos gozosamente la muerte del Señor hasta que venga. La preparación para la Cena incluye un examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro ordenó el servicio del lavamiento de los pies para denotar una renovada purificación, para expresar la disposición a servirnos mutuamente en humildad cristiana, y para unir nuestros corazones en amor. El servicio de comunión está abierto a todos los creyentes cristianos.

 

(1 Cor. 10-16,17; 11:23-30; M at. 26:17-30; Apoc. 3:20; Juan 6:48-63; 13:1-17)

 

 D       M     

ONES

INISTERIOS ESPIRITUALES

&

LAS PALABRAS QUE JESÚS HABLÓ JUSTO ANTES de ascender al cielo, habrían de cambiar la historia.

 

“Id por todo el mundo —les ordenó a los discípulos—, y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15).

 

¿A todo el mundo? ¿A toda criatura? Los discípulos deben haber pensado que se trataba de una tarea imposible. Cristo, que conocía su impotencia, los instruyó para que no abandonaran Jerusalén, “sino que esperasen la promesa del Padre”. Luego les aseguró: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría, y hasta lo último de la tierra” (Hech. 1:4,8).

 

Después de la ascensión de Jesús al cielo, los discípulos pasaron mucho tiempo en oración. La armonía y la humildad reemplazaron la discordia y los celos que habían caracterizado buena parte del tiempo que pasaron con Jesús. Los discípulos estaban convertidos. Su estrecha comunión con Cristo y la unidad resultante constituyeron la preparación necesaria para el derramamiento del Espíritu Santo.

 

Así como Jesús recibió una unción especial del Espíritu que lo capacitó para realizar su ministerio (Hech. 10:38), también los discípulos recibieron el bautismo del Espíritu Santo (Hech. 1:5), el cual los capacitaría para testificar. Los resultados fueron asombrosos. El mismo día que recibieron el don del Espíritu Santo, bautizaron a 3.000 personas (ver Hech. 2:41).

 

Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones espirituales para que cada miembro los emplee en amante ministerio por el bien común de la iglesia y de la humanidad. Concedidos mediante la operación del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad, los dones proveen todos los ministerios y habilidades que la iglesia necesita para cumplir sus funciones divinamente ordenadas. De acuerdo con las Escrituras, estos dones incluyen ministerios —tales como fe, sanidad, profecía, predicación, enseñanza, administración, reconciliación, compasión, servicio abnegado y caridad—, para ayudar y animar a nuestros semejantes. Algunos miembros son llamados por Dios y dotados por el Espíritu para ejercer funciones reconocidas por la iglesia en los ministerios pastorales, de evangelización, apostólicos y de enseñanza, particularmente necesarios con el fin de equipar a los miembros para el servicio, edificar a la iglesia con el objeto de que alcance la madurez espiritual, y promover la unidad de la fe y el conocimiento de Dios. Cuando los miembros emplean estos dones espirituales como fieles mayordomos de la multiforme gracia de Dios, la iglesia queda protegida de la influencia destructora de las falsas doctrinas, crece gracias a un desarrollo que procede de Dios, y se edifica en la fe y el amor.

(Rom. 12:4-8; 1 Cor. 12:9-11,27,28; Efe. 4:8,11-16; Hech. 6:1-7; 1 Tim. 3:1-13; 1 Ped. 4:10,11)

 

 D        P     

ON DE

ROFECíA

JOSAFAT, REY DE JUDÁ, SE HALLABA MUY PREOCUPADO.

 

Las tropas enemigas se acercaban y la situación parecía desesperante. “Entonces... Josafat humilló su rostro para consultar a Jehová, e hizo pregonar ayuno a todo Judá” (2 Crón. 20:3). El pueblo acudió al templo para rogar a Dios que tuviera misericordia de ellos y los librase de sus enemigos.

 

Mientras Josafat dirigía el servicio de oración, le rogó a Dios que cambiara las circunstancias. El rey oró: “¿No eres tú Dios en los cielos, y tienes dominio sobre todos los reinos de las naciones? ¿No está en tu mano tal fuerza y poder, que no hay quién te resista?” (vers. 6). ¿No había Dios protegido especialmente a los suyos en el pasado? ¿No había entregado esa tierra a su pueblo escogido? De modo que Josafat rogó: “¡Oh Dios nuestro! ¿No los juzgarás tú? Porque en nosotros no hay fuerza... no sabemos qué hacer, y a ti volvemos nuestros ojos” (vers. 12).

 

Mientras todo Judá permanecía en pie delante del Señor, un varón llamado Jahaziel se levantó. Su mensaje trajo valor y dirección al pueblo temeroso. Dijo así: “No temáis... porque no es vuestra la guerra, sino de Dios... no habrá para que peleéis vosotros en este caso; paraos, estad quietos, y ved la salvación de Je246 El don de profecía • 247 hová... porque Jehová estará con vosotros” (vers. 15-17). En la mañana, el rey Josafat arengó a sus tropas, diciéndoles: “Creed en Jehová vuestro Dios, y estaréis seguros; creed a sus profetas, y seréis prosperados” (vers. 20).

 

Tan plenamente creyó el rey a la palabra de ese profeta desconocido, Jahaziel, que reemplazó sus tropas de choque con un coro que cantaba alabanzas al Señor, y expresaba la belleza de la santidad. Mientras los cánticos de fe llenaban los aires, el Señor producía confusión entre los ejércitos que se habían aliado contra Judá. La matanza fue tan grande que “ninguno había escapado" (vers. 24).

 

Jahaziel fue el instrumento que Dios usó con el fin de enviar un mensaje para ese momento especial.

 

Los profetas desempeñaron un papel vital tanto en los tiempos del Antiguo como en los del Nuevo Testamento. Pero, ¿cesaría el don de profecía una vez que se cerrara el canon bíblico? Para descubrir la respuesta, repasemos la historia profética.

Uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una señal identificadora de la iglesia remanente y se manifestó en el ministerio de Elena G. de White. Como mensajera del Señor, sus escritos son una permanente y autorizada fuente de verdad que proporciona consuelo, dirección, instrucción y corrección a la iglesia. Ellos también establecen con claridad que la Biblia es la norma por la cual debe ser probada toda enseñanza y toda experiencia.

 

(Joel 2:28,29: Hech. 2:14-21; Heb. 1:1-3; Apoc. 12:17; 19:10).

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